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      ARSÉNICO

            I

Aguzamos el oído para escuchar tras las ventanas
los pasos que se acercan y que muy pocas veces
se detienen en la cancela. Generalmente siguen,
se diluyen lentamente, dejándonos esa tristeza
que flota en las estaciones los domingos por la tarde.
Cuanto más se alejan —digámoslo sin dramatismo—
más nos vamos llenando de palabras.

            VI

La ciudad te seguirá

Caváis

Todas las mañanas me reclino ante el torrente
para tomar un par de piedras redondeadas y cumplir con el rito
de arrojarlas al cauce, como si fuesen recuerdos.
Pero cuando la tarde cae en estas islas del trópico,
una ciudad con cuarteles, un ayer  imborrable
vienen a perseguirme. Y me siento extranjero.

            VII

He vuelto cansado de mi peregrinaje. Aquí
aún se mata en nombre de la tierra
o de un orden abstracto. Comprendo:
he consagrado mi vida en anatema
a un dios terrible. Ahora envidio
la paz de los cipreses y las rocas, la eterna
duermevela de las larvas.

Guillermo Pilía


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Incluido en Antología poética (1979-2000).