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      GUERNICA

Picasso vive todavía
en la ciudad callada
bajo el sol acuarela
de un bandoneón errante,
y cada tanto trae
copa de vino de savia
de brote decisivo
en la luz sigilosa de la tarde.
Cuando dejó al mundo su Guernica
quiso decir ferocidad
prehistoria
ayuno bajo la metralla
lluvia de mordeduras
peste tiránica.
Mi país se llama Guernica
y Pablo lo sabía.
Mi calle es la calle
de las máquinas histriónicas
y por su corriente de urgencias
pasa el olvido
como un túnel de muerte.
Y mi país es Guernica.
No hay techo ni paraguas
que detenga los colmillos
del imperialismo.
No hay forma de esconder
a nuestros niños,
mi país Guernica
es un escaparate de latidos
al mejor postor,
una oferta de ocasión
de carne desalada.
Pablo lo sabía.
Denunció la masacre del fascismo,
retrató una calle
de mi país masacrado.
Pablo era argentino
porque si no porqué
esos rostros abiertos
al espanto
que entra metálico agudo, letal,
calladamente impune?
Son los rostros de aquí y ahora,
parecidos a los de Bagdad
pero me parecen tan argentinos!
Echó a rodar su Elegía al pueblo masacrado
y habló de Guernica
que parece Argentina.
Cae la metralla infatigable
de la gula imperial, de lo obsceno
de la rapiña y la traición y el apogeo
del nomeimportanada
y abajo los pedazos
de gente se retuercen
entre miedos de almuerzo televisado
y las últimas noticias
que nunca dicen nada.
O sea que no dicen todo lo que pasa.
Picasso lo sabía,
el dejó el Guernica
para dar aviso al mundo
de los horrores de la tiranía.
Yo lo miro a diario
en una esquina llena de preguntas.
Por los bordes donde el barro
abre surcos de esperanzas muertas.
Yo veo mi país Guernica
que para otros es un país interesante,
exótico, propicio, desmarxisado
vasto, en vías de desarrollo
autosustentable
según las fruit' s company's de turno.
Yo veo mi país Guernica
bajo el imperio
masacrado de hambre y de usura.
Veo mi bello, alto, hondo, ancho
cereal, amado país de canto
en los andamios
de guitarras y abrazos y de vientos
tan anchos como atlánticos
tan Guernica
que en ese roto quejido en la piedra
derramado
auguro el nacimiento necesario
de todos los hombres
todavía.

Gabriel Impaglione


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