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      ¿ESAS LUJURIAS DE SOLEDAD?

Los poetas nunca están en soledad,
la viven, hablan con ella como si fuera
su amor secreto y la toman
en sus brazos y se entregan?

Ahora mismo, aquí, en esta habitación,
en este silente barco de soledad
y horas suspensas?, ante el cortinaje
de tenebrosos silencios donde se hilvanan
sensaciones, recuerdos, vestigios de vida
que hablan de mutismos y quebrados bullicios?,
late todo un mundo que me envuelve.

El sofá, gris cerúleo, cielo; la mesa de trabajo,
isla en cuya ensenada cobijo (tal vez yacen muertos),
desordenados y caprichosos, todos mis poemas:
los espurios (alguien, dentro de mí, guió mi pluma),
los de amor?, los del alma?,
los que esconden inconfesables arcanos
(esos a los que llaman miserias del poeta).

El suelo, de gastado terrazo, (soy pobre en la más grandiosa
acepción de la palabra) es un mar de olas,
de olas amarillas, doradas y rojas,
que espantan oscuridades es esa travesía que les lleva a arribar
a las lejanas playas de los acantilados del salón,
en cuyos puertos se pierden otros mundos de infinitas sensaciones.

Todo es vida, todo es vida, en esta inmensa soledad.

Crepitan y pulsan el vacío
las inquietas llamas del hogar,
donde un sordo sol, que chispea
y refunfuña porque emerge y muere y nace
al mismo tiempo (dicho está: nacer es comenzar a morir)
envía sus ardientes hordas en todas direcciones.

Algunas, atraviesan límpidos cristales de luna,
sigilosos mutismos de la araña,
que parecen luceros titilando sangre.

Un fragor de batalla, una algazara que chilla,
una tremolina, invagina los visillos,
cual velamen del barco de mi soledad.

Penetra mi alma la ardorosa brisa
que recorre la estancia y hace tintinar los plúmbeos cristales.

¿Eres tú, Eira?

Se desnudan nubes que lanzan dardos de agua
por los intersticios del mundo;
atraviesan la médula de mis huesos
sus armoniosas cadencias.

Solo. Sólo rescoldos del fuego de mi vida, sólo rescoldos.

A tientas, arribo al puerto de mis sueños
tras subir las escalas del trinquete
y estoy más cerca del cielo.

Durante dos horas, navego por recuerdos
y al fin, vencido, me entrego a sus brazos.

Pasé toda la noche con ella, sin tenerla.

Francisco Lobo Ríos


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