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EL MENSAJERO La luna, arrebatada por las nubes impetuosas, dora apenas el vértice de los sauces trémulos, hundidos con la tierra, en un mar de sombras. Yo cavilaba a orillas del lago estéril, delante del palacio de mármol, fascinado por el espanto de las aguas negras. Ella apareció bruscamente en el vestíbulo, alta y serena, despertando leve rumor. Pero volvió, pausada, a su refugio, cerrando tras de sí la puerta de hierro, antes de volver en mi acuerdo y mientras esforzaba, para hablarle, mi palabra anulada. Yo rodeo la mansión hermética, añadiendo mi voz al gemido inconsolable del viento; y espero, sobre el suelo abrupto, el arribo del bajel sin velas, bajo el gobierno del taumaturgo anciano, monarca de una isla triste, para ser absuelto del pesado mensaje. |
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